Una reflexión sobre el deseo, la ansiedad y la crisis de sentido

En una época marcada por la ansiedad y la búsqueda permanente de bienestar, proliferan técnicas que prometen el camino definitivo hacia la felicidad. Sin embargo, tarde o temprano el ser humano descubre que esas respuestas resultan insuficientes. Es entonces cuando surgen preguntas inevitables: ¿qué es el vacío existencial?, ¿por qué aparece una crisis de sentido?, ¿por qué ninguna forma de bienestar parece suficiente? Las grandes preguntas de la existencia no admiten fórmulas mágicas ni respuestas definitivas.
En la primavera de 1935, mientras Europa veía resquebrajar las promesas de progreso de la razón moderna, Karl Jaspers publicó Razón y existencia. En ese texto nos dejó una importante advertencia: la existencia humana no puede reducirse a un sistema ni resolverse mediante recetas.
La crisis de sentido y las promesas del bienestar
Nunca hubo tantas personas dispuestas a enseñarnos cómo vivir. Las redes sociales están pobladas de coaches y gurús que prometen alcanzar la felicidad, el éxito o el bienestar mediante un método, una rutina o una serie de hábitos. Cada semana aparece una nueva fórmula para ordenar la vida. Sin embargo, cuanto más abundan esas respuestas, más parece crecer el vacío existencial y la crisis de sentido que intentan combatir.
Vivimos en una época que se caracteriza por exigirnos una realización constante. Debemos convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, ser más productivos, más resilientes, más felices y más exitosos. La existencia aparece entonces como un proyecto de optimización permanente, como si pudiera perfeccionarse mediante la aplicación de una técnica adecuada. Sin embargo, la ansiedad, el vacío existencial y la búsqueda de sentido continúan atravesando la experiencia humana.
Byung-Chul Han ha señalado que incluso la vida interior ha quedado sometida a la lógica del rendimiento. En ese contexto, la filosofía de Karl Jaspers recupera una vigencia inesperada. Allí donde el mercado ofrece recetas para vivir mejor, la filosofía de la existencia recuerda una verdad mucho más incómoda: existir nunca fue un problema técnico.

El bienestar frente al vacío existencial
La filosofía de la existencia no busca la fórmula del buen vivir; comienza, precisamente, cuando descubrimos que esa fórmula no existe.
Karl Jaspers parte de una idea sencilla, pero profundamente disruptiva: la razón no puede pensarse sin su contraparte, lo que se conoce como suprarracional, no racional o irracional. Toda la historia de la filosofía puede leerse, en parte, como el intento de comprender esa tensión entre lo racional y aquello que no puede ser agotado o captado por la razón.
Con la crisis de la modernidad esa tensión dejó de existir inclinando la balanza únicamente hacia la razón. Ya no hubo un gran sistema capaz de responder por sí solo a las preguntas fundamentales de la existencia. Mientras buena parte del pensamiento se especializaba en problemas cada vez más específicos, dos figuras casi ignoradas por sus contemporáneos comenzaron a formular una misma pregunta pero con respuesta distinta ¿Cómo puede un individuo vivir una vida auténtica? Søren Kierkegaard y Friedrich Nietzsche dejaron de preguntarse qué podía conocer la razón para interrogarse por una cuestión mucho más incómoda, el sentido de la existencia.
Es allí donde comienza la filosofía de la existencia y donde Karl Jaspers encuentra el hilo conductor que une a estos dos pensadores aparentemente irreconciliables.
Dos respuestas al vacío existencial

En un tiempo que sentó las bases de la racionalización del mundo para dar paso al modelo algoritmizado que surge en nuestra época, dos pensadores miran dentro de sí para buscar sus propias respuestas.
Kierkegaard y Nietzsche, piensan su filosofía como una experiencia vivida, fuera del modelo científico. Piensan en el hombre como una existencia singular, aquel que busca dentro de sí su propio sentido, su para qué y su horizonte. No temen a la máscara, aquella que utilizamos para protegernos del mundo externo. Ambos desconfían de la idea de un sujeto completamente transparente para sí mismo. Kierkegaard se oculta detrás de una constelación de pseudónimos; Nietzsche escribe entre aforismos, metáforas y se expresa a traves de personajes como Zaratustra.
La filosofía dejó de ser únicamente una búsqueda de verdades universales para convertirse en una experiencia vivida. Ya no se trataba solo de preguntarse qué es la verdad, sino qué significa existir, elegir, sufrir, creer o crear. En ellos nace la superación de la modernidad, a través del autoconocimiento, del conocimiento de sus dolores, deseos, miedos, sobre todo a través del conocimiento de su propia humanidad. Con ellos comienza una filosofía que ya no pretende eliminar las contradicciones de la vida, sino habitarlas.
El deseo en la crisis de sentido
El deseo aparece como una primera forma de relación con la existencia. Así como en nuestro primer suspiro está presente el deseo hacia el seno materno, continuamos nuestra existencia deseando infinidades de cosas. Desde nuestros primeros momentos de vida aparece una apertura hacia algo que nos trasciende: buscamos, anhelamos, proyectamos. Nuestra existencia transcurre en ese movimiento constante hacia objetos, personas, ideales y horizontes que prometen completar aquello que sentimos como incompleto. Continuamos direccionando constante e incesantemente el deseo hasta nuestro último suspiro.
Tanto Kierkegaard como Nietzsche observan que el individuo es un ser atravesado por impulsos, pasiones, elecciones y fuerzas que buscan expresarse. Sin embargo, allí donde Kierkegaard descubre en el deseo estético una forma de desesperación, una huida de la elección y descompromiso consigo mismo, Nietzsche encuentra la afirmación de la vida una potencia creadora capaz de producir nuevos valores.
¿Debe el ser humano escapar del laberinto del deseo o aprender a recorrerlo?

Cuando el deseo nunca se satisface
Diario de un seductor comienza con una reflexión sobre el secreto y aquello que permanece oculto en la interioridad humana. Desde sus primeras páginas comprendemos que la seducción será presentada como una forma de existir. No es casualidad que una vida guiada por el deseo aparezca vinculada a la seducción: para Johannes, nuestro personaje principal, el mundo es un escenario donde cada instante puede transformarse en una experiencia única. El seductor no busca conquistar a Cordelia; busca dominar el movimiento mismo del deseo, prolongar el instante anterior a la posesión, aquel momento donde todas las posibilidades permanecen abiertas.
El seductor ama más la posibilidad que la realidad. El placer está en hacer de la seducción una obra de arte. Una vez que obtiene el objeto del deseo, este pierde su encanto, entonces se lanza nuevamente a la aventura de buscar un nuevo objeto de deseo. Este ciclo es infinito para quien recorre el camino de la seducción, pero como toda elección tiene un riesgo.
Una vez obtenida la posesión desaparece la pulsión vital que le da origen, la consumación destruye el encanto. Entonces el seductor advertido de esto busca perpetuar el estadio anterior a la consumación, pero pronto se da cuenta que no puede convertir lo finito en infinito. No se puede perpetuar el instante anterior a un primer beso, ni conservar el asombro de explorar algo nuevo.
Consciente de esto, su existencia se quiebra y aparece una crisis profunda en la que el sistema de creencias, valores y metas que daban sentido a la vida de una persona se desploma por completo, dejando un vacío absoluto. En la repetición constante y el aburrimiento de lo diario la angustia se hace presente, la vida pierde sentido.
En un tiempo como el nuestro en donde los estímulos son constantes esto incluso puede volverse más peligroso. Si Johannes necesitaba tiempo para construir una seducción, nuestra época parece haber acelerado incluso el deseo. Las redes sociales, las aplicaciones de citas y la economía de la atención reducen el intervalo entre el nacimiento de un deseo y la aparición del siguiente. Ya no hace falta conquistar a Cordelia; basta con deslizar un dedo sobre una pantalla para que surja una nueva posibilidad. Quizás por eso el estadio de la construcción del deseo descrito por Kierkegaard resulte hoy más reconocible que nunca. La sobre estimulación puede incitar nuestras pasiones de una forma más acelerada, lo que nos lleva antes al camino de la desesperación.
La afirmación de la vida frente al vacío existencial
La respuesta de Nietzsche al problema del deseo no se encuentra en una única obra, sino que atraviesa toda su filosofía como un hilo conductor. Allí donde Johannes descubre que el deseo nunca encuentra descanso, intentando conservar el instante efímero para impedir que este se extinga, Nietzsche propone una actitud radicalmente distinta frente a la existencia. Para él, esa inquietud constante no constituye un defecto o una condena, sino la forma más propia en que la vida se manifiesta. La vida jamás ha sido una búsqueda de reposo o de mera autoconservación. Por el contrario, la vida quiere seguir creando, apropiándose de nuevas formas, expandiéndose y transformándose constantemente. Pretender que el deseo encuentre una satisfacción definitiva equivale a exigirle a la vida que deje de ser vida.
Por ello, Nietzsche no propone abandonar el deseo, sino comprenderlo bajo una nueva luz. Lo que Kierkegaard interpreta como el movimiento desesperado del seductor, Nietzsche lo asume como la expresión primordial de la voluntad de poder: ese impulso creador y fisiológico mediante el cual la existencia rompe sus propios límites y vuelve a inventarse. El problema real no radica en desear, sino en convertir el deseo en una cárcel que nos desconecte de lo real. Desde esta perspectiva, Johannes aparece como un hombre incapaz de amar la realidad. No ama verdaderamente a Cordelia; ama la imagen que ha construido de la seducción y el instante previo a la conquista. Mientras el seductor permanece enamorado de la pura posibilidad y de aquello que todavía no es, Nietzsche lo acusaría de perpetuar una forma sutil de idealismo: prefiere la seguridad de una representación mental antes que la crudeza de la realidad misma.
Frente a esa tendencia humana a proyectarse constantemente hacia el deseo, el amor fati emerge como la respuesta para visibilizar que el problema no es el deseo, sino qué hacemos con esa fuerza. No consiste en una resignación pasiva al sufrimiento, ni en una técnica contemporánea de autoayuda para “aceptar las cosas como son”. El amor fati exige una ruptura epistemológica y moral mucho más radical: renunciar a todo tribunal exterior desde el cual juzgar, medir o condenar el transcurrir de nuestra propia existencia. Mientras sigamos proyectando un mundo de verdades externas, una sociedad ideal, un hombre perfecto o una moral absoluta desde los cuales evaluar la existencia, continuaremos diciendo “no” a la vida tal como es.
Amar el destino implica aceptar que la existencia no responde a un plan divino ni a un orden racional, que el tiempo es irreversible y que no hay promesas futuras que compensen el dolor del presente. No se ama el mundo porque sea justo o perfecto, sino porque es el único que existe. La mayor prisión del ser humano no es el dolor, sino la incapacidad de reconciliarse con el tiempo, viviendo en la nostalgia de vidas alternativas o decisiones distintas. El amor fati no ofrece consuelo; exige la fuerza de decir sí incluso allí donde toda esperanza de consuelo ha desaparecido.

Habitar el vacío existencial
La condición humana nos empuja constantemente al deseo, y es este el que provoca nuestras decisiones y movimientos. Cada elección, cada acción, cada pensamiento suele estar impulsado por una búsqueda: trabajamos porque necesitamos cubrir nuestra subsistencia y nuestros deseos materiales; conocemos gente porque necesitamos sentirnos acompañados y satisfacer nuestro pathos; leemos porque deseamos conocer.
En nuestra época, el mundo busca provocar permanentemente nuestros deseos. Siempre hay una propaganda, una aplicación, un artículo, un video o un posteo de algún amigo en redes que nos promete una vida más plena y feliz. Las opciones, múltiples y accesibles, nos empujan constantemente a explorar nuevas posibilidades: probar una nueva gaseosa, leer un nuevo libro, hacer un nuevo viaje, descargar una nueva aplicación o ensayar un nuevo estilo de vida. Pero ese rápido acceso a nuevas fuentes de deseo no coincide con la rapidez con que esperamos alcanzar aquello que prometen. Unas semanas de vida fitness no nos acercan al cuerpo deseado; la lectura de varios libros no termina de explicarnos el mundo, ni a nosotros mismos, ni a nuestro espíritu; tomar una bebida de moda una y otra vez no nos regala la vida divertida que la publicidad promete.
Ante esto, Kierkegaard nos dice que el problema es que terminamos enamorándonos del deseo mismo. Ya no importa el libro, el viaje, la rutina o la nueva persona que conocimos, sino la emoción que despierta esa posibilidad inédita, la apertura hacia algo nuevo que promete una infinidad de experiencias. Conocer a alguien nos ofrece un horizonte inagotable de historias antes de que aparezca la realidad: nos promete un amor apasionado o romántico, momentos infinitos de risas, abrazos y complicidad. Lo real rara vez se asemeja a aquello que nuestra imaginación, impulsada por el deseo, es capaz de construir. Entonces aparece la elección definitiva. Ese mundo perfecto y lleno de posibilidades comienza a apagarse, mientras lo efectivo empieza a tomar forma. Pero siempre queda otra posibilidad abierta e infinita esperando. Siempre podemos conocer a alguien mejor: más divertido, más inteligente, más atractivo o más comprensivo. Así, enamorados del deseo, nos lanzamos una vez más a una nueva aventura, a una nueva promesa.
Este movimiento incesante hacia un nuevo deseo es lo que nos arrastra a la desesperación y perpetúa el vacío existencial. Como seres finitos, no podemos convertir en eterno aquello que, por naturaleza, está destinado a cambiar. El devenir de lo exterior no puede ser capturado en algo eterno. No podemos conservar para siempre la intensidad del primer beso, ni la exaltación de aquello que recién comienza, ni la sensación de promesa que acompaña la apertura de un nuevo libro. Y cuando la persona comprende esto, la desesperación parece inevitable. Sin embargo, para Kierkegaard este no es más que un diagnóstico. La resolución llegará en sus escritos posteriores. La salida de esta angustia quedará, también para nosotros, para el próximo artículo.
La lectura de Nietzsche sobre este problema es diferente. Para él, la dificultad no reside en el deseo, sino en las idealizaciones que construimos alrededor de él. No hay nada malo en querer un celular nuevo; el problema aparece cuando creemos que ese celular nos otorgará prestigio o reconocimiento. No hay nada malo en desear a otra persona; el problema surge cuando proyectamos sobre ella todo aquello que nunca le perteneció. Es en esas ideas impuestas desde afuera donde radica el verdadero obstáculo, porque nos impiden disfrutar la vida tal como es. El ciclo infinito del deseo no es más que la propia vida queriendo manifestarse. La vida cambia, deviene constantemente; no podemos pretender capturar, mediante conceptos, la vitalidad misma del devenir.
Necesitamos amar la vida tal como es. Y esta frase, que a primera vista parece sencilla, comienza a volverse cada vez más difícil a medida que nos adentramos en sus implicancias. Este amor fati exige desprenderse de toda imposición externa: de aquellas formas de vida idealizadas que el mundo intenta vendernos; de una moral que impone deberes ajenos a nuestros propios impulsos; de lo divino cuando reclama una fidelidad ciega; de la fantasía de una vida alternativa que habría sido mejor; incluso de la melancolía por aquello que pudo haber sido. Solo entonces podemos aceptar lo que el devenir nos ofrece. Cómo se alcanza esa disposición será, también, tema de nuestra próxima entrega.
La intención de este primer acercamiento no es ofrecer respuestas, sino elaborar un diagnóstico de nuestra época desde la propia existencia. Invitar a una lectura rebelde frente a nuestro tiempo: la de volver a pensarnos desde nuestra propia humanidad.
Preguntas frecuentes para seguir pensando
- ¿Qué es el vacío existencial?
El vacío existencial es la desesperación que provoca la falta de respuestas ante las preguntas fundamentales de la existencia humana. La pérdida de una respuesta capaz de orientar a todas las demás. Podríamos pensar algunas de ellas para comprender hacia dónde se orienta esa ausencia de sentido, propósito y dirección con la que suele asociarse esta experiencia y que, con frecuencia, despliega una serie de emociones negativas.
Una de esas preguntas es ¿para qué?. No busca únicamente una causa o una explicación, sino un horizonte capaz de orientar la vida. Cuando una persona encuentra una respuesta sólida a ese interrogante, las demás preguntas fundamentales pueden comenzar a ordenarse en torno a esa brújula que guía sus acciones y les otorga sentido.
En ese mismo sentido, Viktor Frankl, retomando una célebre intuición de Nietzsche, afirmaba: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.” La frase expresa la importancia de contar con un propósito que permita atravesar las dificultades y el sufrimiento sin perder la orientación.
En síntesis, desde esta perspectiva, el vacío existencial puede comprenderse como la experiencia de no encontrar respuestas satisfactorias a las preguntas fundamentales de la existencia humana y, en consecuencia, de perder el sentido que orienta la propia vida.
- ¿La filosofía puede ayudar frente a una crisis de sentido?
Qué es la filosofía es una de las preguntas fundamentales de la propia disciplina y, quizá por eso mismo, nunca encuentra una respuesta acabada. Este apartado no pretende responder definitivamente a ese interrogante, sino ofrecer una perspectiva particular.
La filosofía no busca responder todas las preguntas de forma definitiva, sino descubrir aquellas preguntas estructurantes que orientan nuestra comprensión del mundo. En parte, esto se debe a la complejidad de su objeto de estudio: el ser. El ser es, en palabras de Heidegger, el concepto más universal y, al mismo tiempo, el más oscuro. Como es universal, cualquier categoría que utilicemos para definirlo ya forma parte de él; no existe nada fuera del ser con lo que podamos compararlo. Utilizamos los verbos ser y estar en casi cada frase que pronunciamos. Al constituir la herramienta básica con la que construimos el lenguaje, intentar definir el ser mediante el propio lenguaje es como intentar usar un martillo para clavarse a sí mismo.
Ante esta dificultad, el quehacer filosófico se orienta hacia la búsqueda de aquellas preguntas capaces de comprender el mundo, al hombre y a Dios, los tres grandes vértices sobre los que se ha construido buena parte de la reflexión humana. Por eso, el centro de la filosofía no reside tanto en ofrecer respuestas definitivas como en formular las preguntas estructurantes que nos aproximan a la pregunta fundamental: ¿qué es el ser?
Esta característica fue advertida por Kant desde el comienzo de la Crítica de la razón pura, cuando afirma que la razón humana posee una inclinación natural e inevitable a formular preguntas que ella misma no puede responder. Esa incapacidad no elimina la necesidad de plantearlas; por el contrario, revela una dimensión constitutiva de la condición humana.
En síntesis, la filosofía no puede ofrecer una respuesta definitiva a la crisis del sentido, pero sí puede abrir un diálogo con quienes, a lo largo de la historia, intentaron responder a esas mismas preguntas. En ese recorrido no encontramos respuestas cerradas, sino herramientas para construir las propias.
Excelente!!!

Deja un comentario