Entre la fe y la autocreación:
Dos miradas filosóficas para habitar la angustia.
En la entrega anterior nos propusimos elaborar un diagnóstico de nuestra época frente al vacío existencial y las promesas insostenibles de un bienestar algoritmizado. Para callar esa angustia, acudimos a las redes sociales, consumimos coaches, apps de hábitos o gurús del desarrollo personal. Estas nos ofrecen una fórmula exacta de pasos para transformarnos. Tras aplicar la receta al pie de la letra durante semanas, notamos que seguimos sintiendo la misma angustia interior. El bienestar algoritmizado que prometió arreglar nuestra existencia muestra su fracaso. Esto se debe a que la existencia humana no es un problema técnico que se resuelve siguiendo una rutina programada.
A través de la filosofía de la existencia de Karl Jaspers, Søren Kierkegaard o Friedrich Nietzsche, exploramos la tensión de un deseo que nunca se satisface y el riesgo de convertir la vida en una acelerada persecución de posibilidades efímeras. Constatamos que existimos en una búsqueda incesante impulsada por la inmediatez, donde la desesperación o las idealizaciones nos alejan de la realidad y nos sumergen en la pérdida de sentido. (Ver articulo)
Aquel primer acercamiento no buscaba ofrecer una solución única, sino apenas bordear el abismo de nuestras contradicciones para aprender a habitarlas. No como una forma de resignación sino como medio para un diagnóstico. En este segundo trabajo no se pretende arribar a una respuesta definitiva, sino esbozar dos perspectivas diferentes para abordar la angustia. A partir de las miradas contrapuestas, de Kierkegaard y Nietzsche, indagaremos en la posibilidad de superar el estancamiento y reconciliarnos con el tiempo para construir un horizonte propio.
¿Pero por dónde empezar a habitar esa contradicción? Toda decisión, quedarme o irme, comprometerme o no, perseguir esto o aquello, presupone un criterio: algo que nos diga qué camino vale más que otro. Y es ahí, en el terreno del valor, donde Kierkegaard y Nietzsche libran su disputa más profunda. Antes de preguntarnos cómo elegir, conviene preguntarnos primero si todavía tenemos con qué elegir.

Cuando los valores dejan de ser evidentes
Durante siglos la pregunta moral parecía relativamente sencilla. Las sociedades compartían, con matices, un conjunto de valores que orientaban la vida de las personas. La religión, la tradición, la familia o la comunidad ofrecían un horizonte desde el cual distinguir lo correcto de lo incorrecto. Hoy esa evidencia parece haberse desvanecido.
Ese vacío no significó la desaparición de las exigencias. Simplemente cambiaron de forma.
Byung-Chul Han sostiene que la sociedad disciplinaria descrita por Foucault fue reemplazada por la sociedad del rendimiento. Ya no somos obligados principalmente mediante la prohibición, sino mediante la promesa de realización. El “debes” fue sustituido por el “puedes”. La obediencia dejó lugar a la autoexplotación.
En este contexto, la pregunta ética pierde lugar frente a la pregunta por la eficiencia. Ya no nos preguntamos qué vida merece ser vivida, sino qué decisión resulta más rentable, más productiva o más útil.
Pero si los valores han dejado de ser evidentes, ¿sobre qué fundamento puede sostenerse una elección? Esa es precisamente la pregunta que Kierkegaard pone en boca del juez Wilhelm.
La encrucijada de la elección

Para el juez Wilhelm, la existencia comienza allí donde el individuo deja de preguntarse qué desea y asume la responsabilidad de elegir quién quiere ser. En sus respuestas a las cartas del esteta, sostiene que el amor puramente estético es frágil y efímero porque depende de circunstancias externas e incontrolables. De allí la angustia del amante estético: un amor condenado a desvanecerse y, con él, a caer inevitablemente en el aburrimiento o la desesperación.
Para evitar esa desesperación, propia de la fragilidad del amor estético, es necesario integrar el amor romántico a un estadio superior. Ese estadio surge de la resolución del deseo mediante la decisión que implica el compromiso. Así, el deseo deja de pertenecer a un instante para incorporarse a la continuidad de la historia personal del individuo. La verdadera belleza estética ya no proviene de un destello fugaz, sino de una construcción que entrelaza la historia del sujeto con el fenómeno del deseo. Es en la vida cotidiana donde esa fuente del deseo adquiere profundidad y madurez, liberando la experiencia de las fluctuaciones del ánimo y del capricho.
Para que esto sea posible se requiere un yo sólido, que solo puede construirse a partir del “conócete a ti mismo” socrático y del ejercicio de la interioridad. Se trata de buscar en uno mismo aquello que solo puede encontrarse mediante la reflexión, aprendiendo el dominio de sí para alcanzar el autogobierno. Solo entonces el individuo puede asumir un compromiso capaz de rescatar la belleza del deseo y otorgarle un sentido real al aceptar al otro con sus virtudes, sus límites, sus errores y su pasado, al mismo tiempo que asume la responsabilidad de quien es y de aquello que quiere ser.
Cuando el individuo da este salto ético, lo estético no desaparece, sino que se reconduce y se transforma. El placer, la pasión y el gozo del mundo adquieren una profundidad y una belleza duraderas únicamente cuando están arraigados en una vida ética y comprometida. Esta es, según el juez Wilhelm, la única manera de preservar la belleza del deseo y hacerla permanecer en el tiempo. Kierkegaard cree que el problema del esteta se resuelve eligiendo. Nietzsche, en cambio, preguntará quién decidió que esa elección era buena.
El juicio de la moral

“Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal” Aforismo 153 de Más allá del bien y del mal
Si Wilhelm afirma que el amor alcanza su verdadera profundidad cuando se convierte en deber, Nietzsche invierte completamente la relación. El amor no necesita ser legitimado por la moral. Allí donde aparece auténticamente, ya se encuentra más allá del bien y del mal. No porque sea inmoral, sino porque responde a una lógica anterior a toda norma: la lógica de la propia vida.
La moral es una interpretación humana condicionada históricamente. Por eso, evaluar el mundo desde una rígida oposición moral reduce la riqueza de la vida y sus contradicciones. Entonces, no es posible elegir a través del tiempo en una vida que deviene, muta y se transforma constantemente. El único deber que posee el ser humano es el de estar dispuesto a afrontar la incertidumbre y el sufrimiento, ya que el deber no puede ser absoluto, ni universal.
Al igual que Whilhem, parte desde la interioridad el ser humano para crear sus propios significados, pero a través de la afirmación de la vida ya que en su visión solo tenemos acceso real al conocimiento de nosotros mismos, de nuestro cuerpo y de nuestros instintos. Son los sentidos la única fuente de conocimiento disponible, aunque no nos entreguen una verdad acabada y universal, sino una aproximación interpretativa y particular. Hay fuerzas instintivas y profundas actuando en nuestras voliciones (un sustrato inconsciente que opera en nuestros deseos) frente al cual al “yo” consciente solo le queda la tarea de interpretar.
Así, nuestra libertad aparente queda redefinida: experimentamos una sensación de libertad al identificarnos activamente con nuestra voluntad, pero, al mismo tiempo, estamos sometidos a ella. Somos, simultáneamente, ejecutores y esclavos de nuestros propios instintos. Aquello que se nos impone no es una ley externa, sino las fuerzas internas que nos constituyen y que el sujeto jamás domina plenamente.
El amor auténtico, la pasión creadora y los instintos vitales son fuerzas salvajes que operan fuera de los dictados del bien o del mal. Intentar encajonarlos en el deber del matrimonio, como propone el Juez Wilhelm, es castrarlos para servirlos en bandeja a la convivencia mediocre. En síntesis, amar la realidad es aceptar que el mundo entero, con todas sus interacciones físicas y contradicciones, no es más que la manifestación de esta voluntad de poder que fluye y se afirma a sí misma eternamente.
Preguntas frecuentes para seguir pensando
- ¿Qué significa elegir quién quiero ser en Kierkegaard?
Todos los días elegimos. Elegimos qué ponernos, cómo trasladarnos de un lugar a otro, que comer, y demás decisiones cotidianas. Cuando la elección es racional el vector es alinear nuestras creencias, deseos y posibilidades. Entonces, si creo que con el colectivo 74 llego mas rapido pero viajo más cómodo que con el 28, voy a analizar qué deseo más, llegar a tiempo o más descansado. Estas decisiones son operativas o tácticas, pero hay otro tipo de elecciones que trascienden los cotidiano, decisiones de orden ontológico. Son elecciones que definen quién sos y cómo interpretas la realidad. Elecciones que modifican el marco conceptual desde el cual tomas todas las demás decisiones cotidianas.
Para el juez Wilhelm, elegir no es seleccionar entre opciones externas, esta carrera o aquella, esta pareja o la otra, sino un acto por el cual el individuo se apropia de su propia existencia. Antes de la elección ética, la persona vive dispersa en el instante, gobernada por el capricho y la fluctuación del ánimo: es lo que Kierkegaard llama el estadio estético. Elegir, en sentido fuerte, es el momento en que el individuo deja de ser espectador de su vida y se convierte en su autor.
Esta idea puede iluminarse con una distinción que también trabajó Harry Frankfurt: la diferencia entre tener deseos e identificarse con ellos. No basta con desear algo; hace falta un acto de voluntad de segundo orden que diga, esto es lo que quiero querer. Es lo que elegimos cuando elegimos una forma de vida. La representación de mi propia vida. Son aquellas elecciones que hacemos en el orden ético, por el deber. Por ejemplo cuando deseo comer algo que no es muy sano y choca con el deseo de tener una vida sana, lo que me va a definir es lo que realizo. Según la fuerza o convicción, los nivel de identificación y respaldo reflexivo que tenga esa elección va a definir los parámetros eticos que van a dirigir mi vida. O la carencia de ellos.
Pero identificarse con un deseo presupone conocer qué es lo que realmente se desea, y ahí es donde entra la interioridad. Wilhelm retoma el “conócete a ti mismo” socrático como condición previa de toda elección genuina: no se puede elegir quién se quiere ser sin antes volver la mirada hacia adentro y examinar lo que ya se es. Ese ejercicio de introspección no es un lujo contemplativo, sino el terreno donde se forja un yo lo suficientemente sólido como para sostener un compromiso en el tiempo. Sin ese trabajo interior, la elección se reduce a un impulso más, tan frágil y pasajero como el propio deseo estético que pretende superar.
Para Kierkegaard, ese acto solo es posible mediante el compromiso, porque es el compromiso el que le da continuidad temporal a un deseo que, de otro modo, se agotaría en el instante en que aparece.
Por eso Wilhelm insiste en que el amor romántico, para durar, necesita transformarse en amor ético: no porque el deber sofoque la pasión, sino porque sólo el deber le ofrece un lugar donde persistir en el tiempo.
En síntesis, elegir quién quiero ser no es una decisión puntual sino un compromiso que se renueva, y es precisamente esa renovación constante la que, según Kierkegaard, constituye una existencia genuina, en oposición a la dispersión estética.
- ¿Por qué Nietzsche desconfía del deber?
Nietzsche no rechaza el deber porque le resulte incómodo, sino porque lo considera una categoría inadecuada para pensar una vida que está, por naturaleza, en permanente devenir. Un deber absoluto presupone un sujeto estable al que ese deber pueda aplicarse siempre de la misma manera. Pero si el “yo”, como sostiene Nietzsche, es más bien una multiplicidad de instintos en pugna, entonces cualquier norma fija termina traicionando la vida real del individuo en lugar de expresarla.
Esta desconfianza tiene un antecedente genealógico: para Nietzsche, los sistemas morales no cayeron del cielo, sino que fueron construidos históricamente por quienes necesitaban contener o domesticar los instintos vitales de otros. El deber, entonces, no es neutral: es siempre la cristalización de una relación de fuerzas.
Lo que Nietzsche propone en su lugar no es la ausencia de todo criterio, sino un criterio distinto: la afirmación de la vida tal como es, con su sufrimiento y su incertidumbre, en vez de la obediencia a una norma externa que promete estabilidad a cambio de sometimiento.
En síntesis, para Nietzsche el deber no fracasa por ser exigente, sino por ser rígido: intenta detener aquello que, por su propia naturaleza, no puede detenerse.
En síntesis, elegir quién quiero ser no es una decisión puntual sino un compromiso que se renueva, y es precisamente esa renovación constante la que, según Kierkegaard, constituye una existencia genuina, en oposición a la dispersión estética.
- ¿Y entonces cómo salgo del vacío?
El vacío existencial no se supera mediante una fórmula ni se resuelve eliminando la angustia, pues esta no es un fallo del sistema, sino la toma de conciencia de nuestra propia libertad. Para Kierkegaard, salir de la parálisis implica dar un salto de fe: la exigencia ética y existencial de elegir y comprometerse con una vida con sentido. Para Nietzsche, en cambio, el desafío consiste en crear y afirmar nuestros propios valores, asumiendo la vida con toda su carga sin refugiarnos en el consuelo de una moral absoluta ni en verdades heredadas.
Aunque transitan caminos distintos, ambos pensadores nos obligan a abandonar la existencia puramente pasiva y a hacernos cargo del propio destino. En las siguientes entregas de esta serie seguiremos abordando estos temas desde otras perspectivas; al fin y al cabo, la existencia no se sirve de recetas prefabricadas, sino de la búsqueda individual. Desde este espacio, acompañamos con autores que se hicieron esas mismas preguntas para que vos puedas construir las tuyas.
Esta es la segunda entrega de la serie sobre el vacío existencial
Profundizamos el cruce entre Kierkegaard y Nietzsche, explorando la encrucijada de la elección y el sentido de la vida.
¿Qué se viene? En la próxima entrega cerraremos este diálogo imaginario entre ambos pensadores. Luego, abriremos nuevos debates enfrentando a otros grandes autores para demostrar algo fundamental: la existencia no tiene respuestas algoritmizadas.
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