Etiqueta: sentido de la vida

  • ¿Cómo salir del vacío existencial?

    ¿Cómo salir del vacío existencial?

    Entre la fe y la autocreación:

    Dos miradas filosóficas para habitar la angustia.

    En la entrega anterior nos propusimos elaborar un diagnóstico de nuestra época frente al vacío existencial y las promesas insostenibles de un bienestar algoritmizado. Para callar esa angustia, acudimos a las redes sociales, consumimos coaches, apps de hábitos o gurús del desarrollo personal. Estas nos ofrecen una fórmula exacta de pasos para transformarnos. Tras aplicar la receta al pie de la letra durante semanas, notamos que seguimos sintiendo la misma angustia interior. El bienestar algoritmizado que prometió arreglar nuestra existencia muestra su fracaso. Esto se debe a que la existencia humana no es un problema técnico que se resuelve siguiendo una rutina programada. 

    A través de la filosofía de la existencia de Karl Jaspers, Søren Kierkegaard o Friedrich Nietzsche, exploramos la tensión de un deseo que nunca se satisface y el riesgo de convertir la vida en una acelerada persecución de posibilidades efímeras. Constatamos que existimos en una búsqueda incesante impulsada por la inmediatez, donde la desesperación o las idealizaciones nos alejan de la realidad y nos sumergen en la pérdida de sentido.  (Ver articulo)

    Aquel primer acercamiento no buscaba ofrecer una solución única, sino apenas bordear el abismo de nuestras contradicciones para aprender a habitarlas. No como una forma de resignación sino como medio para un diagnóstico. En este segundo trabajo no se pretende arribar a una respuesta definitiva, sino esbozar dos perspectivas diferentes para abordar la angustia. A partir de las miradas contrapuestas, de Kierkegaard y Nietzsche, indagaremos en la posibilidad de superar el estancamiento y reconciliarnos con el tiempo para construir un horizonte propio.

    ¿Pero por dónde empezar a habitar esa contradicción? Toda decisión, quedarme o irme, comprometerme o no, perseguir esto o aquello, presupone un criterio: algo que nos diga qué camino vale más que otro. Y es ahí, en el terreno del valor, donde Kierkegaard y Nietzsche libran su disputa más profunda. Antes de preguntarnos cómo elegir, conviene preguntarnos primero si todavía tenemos con qué elegir. 

    Cuando los valores dejan de ser evidentes

    Durante siglos la pregunta moral parecía relativamente sencilla. Las sociedades compartían, con matices, un conjunto de valores que orientaban la vida de las personas. La religión, la tradición, la familia o la comunidad ofrecían un horizonte desde el cual distinguir lo correcto de lo incorrecto. Hoy esa evidencia parece haberse desvanecido. 

    Ese vacío no significó la desaparición de las exigencias. Simplemente cambiaron de forma. 

    Byung-Chul Han sostiene que la sociedad disciplinaria descrita por Foucault fue reemplazada por la sociedad del rendimiento. Ya no somos obligados principalmente mediante la prohibición, sino mediante la promesa de realización. El “debes” fue sustituido por el “puedes”. La obediencia dejó lugar a la autoexplotación. 

    En este contexto, la pregunta ética pierde lugar frente a la pregunta por la eficiencia. Ya no nos preguntamos qué vida merece ser vivida, sino qué decisión resulta más rentable, más productiva o más útil. 

    Pero si los valores han dejado de ser evidentes, ¿sobre qué fundamento puede sostenerse una elección? Esa es precisamente la pregunta que Kierkegaard pone en boca del juez Wilhelm. 

    La encrucijada de la elección 

    Para el juez Wilhelm, la existencia comienza allí donde el individuo deja de preguntarse qué desea y asume la responsabilidad de elegir quién quiere ser. En sus respuestas a las cartas del esteta, sostiene que el amor puramente estético es frágil y efímero porque depende de circunstancias externas e incontrolables. De allí la angustia del amante estético: un amor condenado a desvanecerse y, con él, a caer inevitablemente en el aburrimiento o la desesperación.

    Para evitar esa desesperación, propia de la fragilidad del amor estético, es necesario integrar el amor romántico a un estadio superior. Ese estadio surge de la resolución del deseo mediante la decisión que implica el compromiso. Así, el deseo deja de pertenecer a un instante para incorporarse a la continuidad de la historia personal del individuo. La verdadera belleza estética ya no proviene de un destello fugaz, sino de una construcción que entrelaza la historia del sujeto con el fenómeno del deseo. Es en la vida cotidiana donde esa fuente del deseo adquiere profundidad y madurez, liberando la experiencia de las fluctuaciones del ánimo y del capricho.

    Para que esto sea posible se requiere un yo sólido, que solo puede construirse a partir del “conócete a ti mismo” socrático y del ejercicio de la interioridad. Se trata de buscar en uno mismo aquello que solo puede encontrarse mediante la reflexión, aprendiendo el dominio de sí para alcanzar el autogobierno. Solo entonces el individuo puede asumir un compromiso capaz de rescatar la belleza del deseo y otorgarle un sentido real al aceptar al otro con sus virtudes, sus límites, sus errores y su pasado, al mismo tiempo que asume la responsabilidad de quien es y de aquello que quiere ser.

    Cuando el individuo da este salto ético, lo estético no desaparece, sino que se reconduce y se transforma. El placer, la pasión y el gozo del mundo adquieren una profundidad y una belleza duraderas únicamente cuando están arraigados en una vida ética y comprometida. Esta es, según el juez Wilhelm, la única manera de preservar la belleza del deseo y hacerla permanecer en el tiempo. Kierkegaard cree que el problema del esteta se resuelve eligiendo. Nietzsche, en cambio, preguntará quién decidió que esa elección era buena.

    El juicio de la moral

    “Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal” Aforismo 153 de Más allá del bien y del mal 

    Si Wilhelm afirma que el amor alcanza su verdadera profundidad cuando se convierte en deber, Nietzsche invierte completamente la relación. El amor no necesita ser legitimado por la moral. Allí donde aparece auténticamente, ya se encuentra más allá del bien y del mal. No porque sea inmoral, sino porque responde a una lógica anterior a toda norma: la lógica de la propia vida. 

    La moral es una interpretación humana condicionada históricamente. Por eso, evaluar el mundo desde una rígida oposición moral reduce la riqueza de la vida y sus contradicciones. Entonces, no es posible elegir a través del tiempo en una vida que deviene, muta y se transforma constantemente. El único deber que posee el ser humano es el de estar dispuesto a afrontar la incertidumbre y el sufrimiento, ya que el deber no puede ser absoluto, ni universal.  

    Al igual que Whilhem, parte desde la interioridad el ser humano para crear sus propios significados, pero a través de la afirmación de la vida ya que en su visión solo tenemos acceso real al conocimiento de nosotros mismos, de nuestro cuerpo y de nuestros instintos. Son los sentidos la única fuente de conocimiento disponible, aunque no nos entreguen una verdad acabada y universal, sino una aproximación interpretativa y particular. Hay fuerzas instintivas y profundas actuando en nuestras voliciones (un sustrato inconsciente que opera en nuestros deseos) frente al cual al “yo” consciente solo le queda la tarea de interpretar.

    Así, nuestra libertad aparente queda redefinida: experimentamos una sensación de libertad al identificarnos activamente con nuestra voluntad, pero, al mismo tiempo, estamos sometidos a ella. Somos, simultáneamente, ejecutores y esclavos de nuestros propios instintos. Aquello que se nos impone no es una ley externa, sino las fuerzas internas que nos constituyen y que el sujeto jamás domina plenamente. 

    El amor auténtico, la pasión creadora y los instintos vitales son fuerzas salvajes que operan fuera de los dictados del bien o del mal. Intentar encajonarlos en el deber del matrimonio, como propone el Juez Wilhelm,  es castrarlos para servirlos en bandeja a la convivencia mediocre. En síntesis, amar la realidad es aceptar que el mundo entero, con todas sus interacciones físicas y contradicciones, no es más que la manifestación de esta voluntad de poder que fluye y se afirma a sí misma eternamente.

    Preguntas frecuentes para seguir pensando

    • ¿Qué significa elegir quién quiero ser en Kierkegaard? 

    Todos los días elegimos. Elegimos qué ponernos, cómo trasladarnos de un lugar a otro, que comer, y demás decisiones cotidianas. Cuando la elección es racional el vector es alinear nuestras creencias, deseos y posibilidades. Entonces, si creo que con el colectivo 74 llego mas rapido pero viajo más cómodo que con el 28, voy a analizar qué deseo más, llegar a tiempo o más descansado. Estas decisiones son operativas o tácticas, pero hay otro tipo de elecciones que trascienden los cotidiano, decisiones de orden ontológico. Son elecciones que definen quién sos y cómo interpretas la realidad. Elecciones que modifican el marco conceptual desde el cual tomas todas las demás decisiones cotidianas.       

    Para el juez Wilhelm, elegir no es seleccionar entre opciones externas, esta carrera o aquella, esta pareja o la otra, sino un acto por el cual el individuo se apropia de su propia existencia. Antes de la elección ética, la persona vive dispersa en el instante, gobernada por el capricho y la fluctuación del ánimo: es lo que Kierkegaard llama el estadio estético. Elegir, en sentido fuerte, es el momento en que el individuo deja de ser espectador de su vida y se convierte en su autor.

    Esta idea puede iluminarse con una distinción que también trabajó Harry Frankfurt: la diferencia entre tener deseos e identificarse con ellos. No basta con desear algo; hace falta un acto de voluntad de segundo orden que diga, esto es lo que quiero querer. Es lo que elegimos cuando elegimos una forma de vida. La representación de mi propia vida. Son aquellas elecciones que hacemos en el orden ético, por el deber. Por ejemplo cuando deseo comer algo que no es muy sano y choca con el deseo de tener una vida sana, lo que me va a definir es lo que realizo. Según la fuerza o convicción, los nivel de identificación y respaldo reflexivo que tenga esa elección va a definir los parámetros eticos que van a dirigir mi vida. O la carencia de ellos.

    Pero identificarse con un deseo presupone conocer qué es lo que realmente se desea, y ahí es donde entra la interioridad. Wilhelm retoma el “conócete a ti mismo” socrático como condición previa de toda elección genuina: no se puede elegir quién se quiere ser sin antes volver la mirada hacia adentro y examinar lo que ya se es. Ese ejercicio de introspección no es un lujo contemplativo, sino el terreno donde se forja un yo lo suficientemente sólido como para sostener un compromiso en el tiempo. Sin ese trabajo interior, la elección se reduce a un impulso más, tan frágil y pasajero como el propio deseo estético que pretende superar.   

     Para Kierkegaard, ese acto solo es posible mediante el compromiso, porque es el compromiso el que le da continuidad temporal a un deseo que, de otro modo, se agotaría en el instante en que aparece.

    Por eso Wilhelm insiste en que el amor romántico, para durar, necesita transformarse en amor ético: no porque el deber sofoque la pasión, sino porque sólo el deber le ofrece un lugar donde persistir en el tiempo.

    En síntesis, elegir quién quiero ser no es una decisión puntual sino un compromiso que se renueva, y es precisamente esa renovación constante la que, según Kierkegaard, constituye una existencia genuina, en oposición a la dispersión estética.

    • ¿Por qué Nietzsche desconfía del deber? 

    Nietzsche no rechaza el deber porque le resulte incómodo, sino porque lo considera una categoría inadecuada para pensar una vida que está, por naturaleza, en permanente devenir. Un deber absoluto presupone un sujeto estable al que ese deber pueda aplicarse siempre de la misma manera. Pero si el “yo”, como sostiene Nietzsche, es más bien una multiplicidad de instintos en pugna, entonces cualquier norma fija termina traicionando la vida real del individuo en lugar de expresarla.

    Esta desconfianza tiene un antecedente genealógico: para Nietzsche, los sistemas morales no cayeron del cielo, sino que fueron construidos históricamente por quienes necesitaban contener o domesticar los instintos vitales de otros. El deber, entonces, no es neutral: es siempre la cristalización de una relación de fuerzas.

    Lo que Nietzsche propone en su lugar no es la ausencia de todo criterio, sino un criterio distinto: la afirmación de la vida tal como es, con su sufrimiento y su incertidumbre, en vez de la obediencia a una norma externa que promete estabilidad a cambio de sometimiento.

    En síntesis, para Nietzsche el deber no fracasa por ser exigente, sino por ser rígido: intenta detener aquello que, por su propia naturaleza, no puede detenerse.

    En síntesis, elegir quién quiero ser no es una decisión puntual sino un compromiso que se renueva, y es precisamente esa renovación constante la que, según Kierkegaard, constituye una existencia genuina, en oposición a la dispersión estética.

    • ¿Y entonces cómo salgo del vacío?

    El vacío existencial no se supera mediante una fórmula ni se resuelve eliminando la angustia, pues esta no es un fallo del sistema, sino la toma de conciencia de nuestra propia libertad. Para Kierkegaard, salir de la parálisis implica dar un salto de fe: la exigencia ética y existencial de elegir y comprometerse con una vida con sentido. Para Nietzsche, en cambio, el desafío consiste en crear y afirmar nuestros propios valores, asumiendo la vida con toda su carga sin refugiarnos en el consuelo de una moral absoluta ni en verdades heredadas.

    Aunque transitan caminos distintos, ambos pensadores nos obligan a abandonar la existencia puramente pasiva y a hacernos cargo del propio destino. En las siguientes entregas de esta serie seguiremos abordando estos temas desde otras perspectivas; al fin y al cabo, la existencia no se sirve de recetas prefabricadas, sino de la búsqueda individual. Desde este espacio, acompañamos con autores que se hicieron esas mismas preguntas para que vos puedas construir las tuyas.

    Esta es la segunda entrega de la serie sobre el vacío existencial

    Profundizamos el cruce entre Kierkegaard y Nietzsche, explorando la encrucijada de la elección y el sentido de la vida.

    ¿Qué se viene? En la próxima entrega cerraremos este diálogo imaginario entre ambos pensadores. Luego, abriremos nuevos debates enfrentando a otros grandes autores para demostrar algo fundamental: la existencia no tiene respuestas algoritmizadas.

    Seguí a El Buzón Ágora para acompañar la serie Suscribite acá

    Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas

    • Kierkegaard, Lo uno o lo otro. (Ver)
    • Nietzsche, Más allá del bien y del mal. (Ver)
    • Nietzsche, Humano, demasiado humano. (Ver)
    • Lipovetsky, La era del vacío. (Ver)
    • Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio. (Ver)
    • Byung-Chul Han, Psicopolítica. (Ver)

  • ¿Qué es el vacío existencial?  
¿Por qué lo sentimos?

    ¿Qué es el vacío existencial? ¿Por qué lo sentimos?

    Una reflexión sobre el deseo, la ansiedad y la crisis de sentido

    En una época marcada por la ansiedad y la búsqueda permanente de bienestar, proliferan técnicas que prometen el camino definitivo hacia la felicidad. Sin embargo, tarde o temprano el ser humano descubre que esas respuestas resultan insuficientes. Es entonces cuando surgen preguntas inevitables: ¿qué es el vacío existencial?, ¿por qué aparece una crisis de sentido?, ¿por qué ninguna forma de bienestar parece suficiente? Las grandes preguntas de la existencia no admiten fórmulas mágicas ni respuestas definitivas.

    En la primavera de 1935, mientras Europa veía resquebrajar las promesas de progreso de la razón moderna, Karl Jaspers publicó Razón y existencia. En ese texto nos dejó una importante advertencia: la existencia humana no puede reducirse a un sistema ni resolverse mediante recetas.

    La crisis de sentido y las promesas del bienestar 

    Nunca hubo tantas personas dispuestas a enseñarnos cómo vivir. Las redes sociales están pobladas de coaches y gurús que prometen alcanzar la felicidad, el éxito o el bienestar mediante un método, una rutina o una serie de hábitos. Cada semana aparece una nueva fórmula para ordenar la vida. Sin embargo, cuanto más abundan esas respuestas, más parece crecer el vacío existencial y la crisis de sentido que intentan combatir.

    Vivimos en una época que se caracteriza por exigirnos una realización constante. Debemos convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, ser más productivos, más resilientes, más felices y más exitosos. La existencia aparece entonces como un proyecto de optimización permanente, como si pudiera perfeccionarse mediante la aplicación de una técnica adecuada. Sin embargo, la ansiedad, el vacío existencial y la búsqueda de sentido continúan atravesando la experiencia humana.

    Byung-Chul Han ha señalado que incluso la vida interior ha quedado sometida a la lógica del rendimiento. En ese contexto, la filosofía de Karl Jaspers recupera una vigencia inesperada. Allí donde el mercado ofrece recetas para vivir mejor, la filosofía de la existencia recuerda una verdad mucho más incómoda: existir nunca fue un problema técnico.

    El bienestar frente al vacío existencial 

    La filosofía de la existencia no busca la fórmula del buen vivir; comienza, precisamente, cuando descubrimos que esa fórmula no existe.

    Karl Jaspers parte de una idea sencilla, pero profundamente disruptiva: la razón no puede pensarse sin su contraparte, lo que se conoce como suprarracional, no racional o irracional. Toda la historia de la filosofía puede leerse, en parte, como el intento de comprender esa tensión entre lo racional y aquello que no puede ser agotado o captado por la razón. 

    Con la crisis de la modernidad esa tensión dejó de existir inclinando la balanza únicamente hacia la razón. Ya no hubo un gran sistema capaz de responder por sí solo a las preguntas fundamentales de la existencia. Mientras buena parte del pensamiento se especializaba en problemas cada vez más específicos, dos figuras casi ignoradas por sus contemporáneos comenzaron a formular una misma pregunta pero con respuesta distinta ¿Cómo puede un individuo vivir una vida auténtica? Søren Kierkegaard y Friedrich Nietzsche dejaron de preguntarse qué podía conocer la razón para interrogarse por una cuestión mucho más incómoda, el sentido de la existencia. 

    Es allí donde comienza la filosofía de la existencia y donde Karl Jaspers encuentra el hilo conductor que une a estos dos pensadores aparentemente irreconciliables.

    Te invito a tomar una pausa y ver este video relacionado con lo que venimos dialogando

    Dos respuestas al vacío existencial

    En un tiempo que sentó las bases de la racionalización del mundo para dar paso al modelo algoritmizado que surge en nuestra época, dos pensadores miran dentro de sí para buscar sus propias respuestas.  

    Kierkegaard y Nietzsche, piensan su filosofía como una experiencia vivida, fuera del modelo científico.  Piensan en el hombre como una existencia singular, aquel que busca dentro de sí su propio sentido, su para qué y su horizonte. No temen a la máscara, aquella que utilizamos para protegernos del mundo externo. Ambos desconfían de la idea de un sujeto completamente transparente para sí mismo. Kierkegaard se oculta detrás de una constelación de pseudónimos; Nietzsche escribe entre aforismos, metáforas y se expresa a traves de personajes como Zaratustra. 

    La filosofía dejó de ser únicamente una búsqueda de verdades universales para convertirse en una experiencia vivida. Ya no se trataba solo de preguntarse qué es la verdad, sino qué significa existir, elegir, sufrir, creer o crear. En ellos nace la superación de la modernidad, a través del autoconocimiento, del conocimiento de sus dolores, deseos, miedos, sobre todo a través del conocimiento de su propia humanidad. Con ellos comienza una filosofía que ya no pretende eliminar las contradicciones de la vida, sino habitarlas.

    El deseo en la crisis de sentido

    El deseo aparece como una primera forma de relación con la existencia. Así como en nuestro primer suspiro está presente el deseo hacia el seno materno, continuamos nuestra existencia deseando infinidades de cosas. Desde nuestros primeros momentos de vida aparece una apertura hacia algo que nos trasciende: buscamos, anhelamos, proyectamos. Nuestra existencia transcurre en ese movimiento constante hacia objetos, personas, ideales y horizontes que prometen completar aquello que sentimos como incompleto. Continuamos direccionando constante e incesantemente el deseo hasta nuestro último suspiro. 

    Tanto Kierkegaard como Nietzsche observan que el individuo es un ser atravesado por impulsos, pasiones, elecciones y fuerzas que buscan expresarse. Sin embargo, allí donde Kierkegaard descubre en el deseo estético una forma de desesperación, una huida de la elección y descompromiso consigo mismo, Nietzsche encuentra la afirmación de la vida una potencia creadora capaz de producir nuevos valores.

    ¿Debe el ser humano escapar del laberinto del deseo o aprender a recorrerlo? 

    Cuando el deseo nunca se satisface

    Diario de un seductor comienza con una reflexión sobre el secreto y aquello que permanece oculto en la interioridad humana. Desde sus primeras páginas comprendemos que la seducción será presentada como una forma de existir. No es casualidad que una vida guiada por el deseo aparezca vinculada a la seducción: para Johannes, nuestro personaje principal, el mundo es un escenario donde cada instante puede transformarse en una experiencia única. El seductor no busca conquistar a Cordelia; busca dominar el movimiento mismo del deseo, prolongar el instante anterior a la posesión, aquel momento donde todas las posibilidades permanecen abiertas. 

    El seductor ama más la posibilidad que la realidad. El placer está en hacer de la seducción una obra de arte. Una vez que obtiene el objeto del deseo, este pierde su encanto, entonces se lanza nuevamente a la aventura de buscar un nuevo objeto de deseo. Este ciclo es infinito para quien recorre el camino de la seducción, pero como toda elección tiene un riesgo.  

    Una vez obtenida la posesión desaparece la pulsión vital que le da origen, la consumación destruye el encanto. Entonces el seductor advertido de esto busca perpetuar el estadio anterior a la consumación, pero pronto se da cuenta que no puede convertir lo finito en infinito. No se puede perpetuar el instante anterior a un primer beso, ni conservar el asombro de explorar algo nuevo.

    Consciente de esto, su existencia se quiebra y aparece una crisis profunda en la que el sistema de creencias, valores y metas que daban sentido a la vida de una persona se desploma por completo, dejando un vacío absoluto. En la repetición constante y el aburrimiento de lo diario la angustia se hace presente, la vida pierde sentido. 

    En un tiempo como el nuestro en donde los estímulos son constantes esto incluso puede volverse más peligroso. Si Johannes necesitaba tiempo para construir una seducción, nuestra época parece haber acelerado incluso el deseo. Las redes sociales, las aplicaciones de citas y la economía de la atención reducen el intervalo entre el nacimiento de un deseo y la aparición del siguiente. Ya no hace falta conquistar a Cordelia; basta con deslizar un dedo sobre una pantalla para que surja una nueva posibilidad. Quizás por eso el estadio de la construcción del deseo descrito por Kierkegaard resulte hoy más reconocible que nunca. La sobre estimulación puede incitar nuestras pasiones de una forma más acelerada, lo que nos lleva antes al camino de la desesperación. 

    La afirmación de la vida frente al vacío existencial

    La respuesta de Nietzsche al problema del deseo no se encuentra en una única obra, sino que atraviesa toda su filosofía como un hilo conductor. Allí donde Johannes descubre que el deseo nunca encuentra descanso, intentando conservar el instante efímero para impedir que este se extinga, Nietzsche propone una actitud radicalmente distinta frente a la existencia. Para él, esa inquietud constante no constituye un defecto o una condena, sino la forma más propia en que la vida se manifiesta. La vida jamás ha sido una búsqueda de reposo o de mera autoconservación. Por el contrario, la vida quiere seguir creando, apropiándose de nuevas formas, expandiéndose y transformándose constantemente. Pretender que el deseo encuentre una satisfacción definitiva equivale a exigirle a la vida que deje de ser vida.

    Por ello, Nietzsche no propone abandonar el deseo, sino comprenderlo bajo una nueva luz. Lo que Kierkegaard interpreta como el movimiento desesperado del seductor, Nietzsche lo asume como la expresión primordial de la voluntad de poder: ese impulso creador y fisiológico mediante el cual la existencia rompe sus propios límites y vuelve a inventarse. El problema real no radica en desear, sino en convertir el deseo en una cárcel que nos desconecte de lo real. Desde esta perspectiva, Johannes aparece como un hombre incapaz de amar la realidad. No ama verdaderamente a Cordelia; ama la imagen que ha construido de la seducción y el instante previo a la conquista. Mientras el seductor permanece enamorado de la pura posibilidad y de aquello que todavía no es, Nietzsche lo acusaría de perpetuar una forma sutil de idealismo: prefiere la seguridad de una representación mental antes que la crudeza de la realidad misma.

    Frente a esa tendencia humana a proyectarse constantemente hacia el deseo, el amor fati emerge como la respuesta para visibilizar que el problema no es el deseo, sino qué hacemos con esa fuerza. No consiste en una resignación pasiva al sufrimiento, ni en una técnica contemporánea de autoayuda para “aceptar las cosas como son”. El amor fati exige una ruptura epistemológica y moral mucho más radical: renunciar a todo tribunal exterior desde el cual juzgar, medir o condenar el transcurrir de nuestra propia existencia. Mientras sigamos proyectando un mundo de verdades externas, una sociedad ideal, un hombre perfecto o una moral absoluta desde los cuales evaluar la existencia, continuaremos diciendo “no” a la vida tal como es.

    Amar el destino implica aceptar que la existencia no responde a un plan divino ni a un orden racional, que el tiempo es irreversible y que no hay promesas futuras que compensen el dolor del presente. No se ama el mundo porque sea justo o perfecto, sino porque es el único que existe. La mayor prisión del ser humano no es el dolor, sino la incapacidad de reconciliarse con el tiempo, viviendo en la nostalgia de vidas alternativas o decisiones distintas. El amor fati no ofrece consuelo; exige la fuerza de decir sí incluso allí donde toda esperanza de consuelo ha desaparecido.

    Habitar el vacío existencial

    La condición humana nos empuja constantemente al deseo, y es este el que provoca nuestras decisiones y movimientos. Cada elección, cada acción, cada pensamiento suele estar impulsado por una búsqueda: trabajamos porque necesitamos cubrir nuestra subsistencia y nuestros deseos materiales; conocemos gente porque necesitamos sentirnos acompañados y satisfacer nuestro pathos; leemos porque deseamos conocer.

    En nuestra época, el mundo busca provocar permanentemente nuestros deseos. Siempre hay una propaganda, una aplicación, un artículo, un video o un posteo de algún amigo en redes que nos promete una vida más plena y feliz. Las opciones, múltiples y accesibles, nos empujan constantemente a explorar nuevas posibilidades: probar una nueva gaseosa, leer un nuevo libro, hacer un nuevo viaje, descargar una nueva aplicación o ensayar un nuevo estilo de vida. Pero ese rápido acceso a nuevas fuentes de deseo no coincide con la rapidez con que esperamos alcanzar aquello que prometen. Unas semanas de vida fitness no nos acercan al cuerpo deseado; la lectura de varios libros no termina de explicarnos el mundo, ni a nosotros mismos, ni a nuestro espíritu; tomar una bebida de moda una y otra vez no nos regala la vida divertida que la publicidad promete.

    Ante esto, Kierkegaard nos dice que el problema es que terminamos enamorándonos del deseo mismo. Ya no importa el libro, el viaje, la rutina o la nueva persona que conocimos, sino la emoción que despierta esa posibilidad inédita, la apertura hacia algo nuevo que promete una infinidad de experiencias. Conocer a alguien nos ofrece un horizonte inagotable de historias antes de que aparezca la realidad: nos promete un amor apasionado o romántico, momentos infinitos de risas, abrazos y complicidad. Lo real rara vez se asemeja a aquello que nuestra imaginación, impulsada por el deseo, es capaz de construir. Entonces aparece la elección definitiva. Ese mundo perfecto y lleno de posibilidades comienza a apagarse, mientras lo efectivo empieza a tomar forma. Pero siempre queda otra posibilidad abierta e infinita esperando. Siempre podemos conocer a alguien mejor: más divertido, más inteligente, más atractivo o más comprensivo. Así, enamorados del deseo, nos lanzamos una vez más a una nueva aventura, a una nueva promesa.

    Este movimiento incesante hacia un nuevo deseo es lo que nos arrastra a la desesperación y perpetúa el vacío existencial. Como seres finitos, no podemos convertir en eterno aquello que, por naturaleza, está destinado a cambiar. El devenir de lo exterior no puede ser capturado en algo eterno. No podemos conservar para siempre la intensidad del primer beso, ni la exaltación de aquello que recién comienza, ni la sensación de promesa que acompaña la apertura de un nuevo libro. Y cuando la persona comprende esto, la desesperación parece inevitable. Sin embargo, para Kierkegaard este no es más que un diagnóstico. La resolución llegará en sus escritos posteriores. La salida de esta angustia quedará, también para nosotros, para el próximo artículo.

    La lectura de Nietzsche sobre este problema es diferente. Para él, la dificultad no reside en el deseo, sino en las idealizaciones que construimos alrededor de él. No hay nada malo en querer un celular nuevo; el problema aparece cuando creemos que ese celular nos otorgará prestigio o reconocimiento. No hay nada malo en desear a otra persona; el problema surge cuando proyectamos sobre ella todo aquello que nunca le perteneció. Es en esas ideas impuestas desde afuera donde radica el verdadero obstáculo, porque nos impiden disfrutar la vida tal como es. El ciclo infinito del deseo no es más que la propia vida queriendo manifestarse. La vida cambia, deviene constantemente; no podemos pretender capturar, mediante conceptos, la vitalidad misma del devenir.

    Necesitamos amar la vida tal como es. Y esta frase, que a primera vista parece sencilla, comienza a volverse cada vez más difícil a medida que nos adentramos en sus implicancias. Este amor fati exige desprenderse de toda imposición externa: de aquellas formas de vida idealizadas que el mundo intenta vendernos; de una moral que impone deberes ajenos a nuestros propios impulsos; de lo divino cuando reclama una fidelidad ciega; de la fantasía de una vida alternativa que habría sido mejor; incluso de la melancolía por aquello que pudo haber sido. Solo entonces podemos aceptar lo que el devenir nos ofrece. Cómo se alcanza esa disposición será, también, tema de nuestra próxima entrega.

    La intención de este primer acercamiento no es ofrecer respuestas, sino elaborar un diagnóstico de nuestra época desde la propia existencia. Invitar a una lectura rebelde frente a nuestro tiempo: la de volver a pensarnos desde nuestra propia humanidad.

    Te invito a tomar una pausa y ver este video relacionado con lo que venimos dialogando

    Preguntas frecuentes para seguir pensando

    • ¿Qué es el vacío existencial?

    El vacío existencial es la desesperación que provoca la falta de respuestas ante las preguntas fundamentales de la existencia humana. La pérdida de una respuesta capaz de orientar a todas las demás.  Podríamos pensar algunas de ellas para comprender hacia dónde se orienta esa ausencia de sentido, propósito y dirección con la que suele asociarse esta experiencia y que, con frecuencia, despliega una serie de emociones negativas.

    Una de esas preguntas es ¿para qué?. No busca únicamente una causa o una explicación, sino un horizonte capaz de orientar la vida. Cuando una persona encuentra una respuesta sólida a ese interrogante, las demás preguntas fundamentales pueden comenzar a ordenarse en torno a esa brújula que guía sus acciones y les otorga sentido.

    En ese mismo sentido, Viktor Frankl, retomando una célebre intuición de Nietzsche, afirmaba: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.” La frase expresa la importancia de contar con un propósito que permita atravesar las dificultades y el sufrimiento sin perder la orientación.

    En síntesis, desde esta perspectiva, el vacío existencial puede comprenderse como la experiencia de no encontrar respuestas satisfactorias a las preguntas fundamentales de la existencia humana y, en consecuencia, de perder el sentido que orienta la propia vida.

    • ¿La filosofía puede ayudar frente a una crisis de sentido?

    Qué es la filosofía es una de las preguntas fundamentales de la propia disciplina y, quizá por eso mismo, nunca encuentra una respuesta acabada. Este apartado no pretende responder definitivamente a ese interrogante, sino ofrecer una perspectiva particular.

    La filosofía no busca responder todas las preguntas de forma definitiva, sino descubrir aquellas preguntas estructurantes que orientan nuestra comprensión del mundo. En parte, esto se debe a la complejidad de su objeto de estudio: el ser. El ser es, en palabras de Heidegger, el concepto más universal y, al mismo tiempo, el más oscuro. Como es universal, cualquier categoría que utilicemos para definirlo ya forma parte de él; no existe nada fuera del ser con lo que podamos compararlo. Utilizamos los verbos ser y estar en casi cada frase que pronunciamos. Al constituir la herramienta básica con la que construimos el lenguaje, intentar definir el ser mediante el propio lenguaje es como intentar usar un martillo para clavarse a sí mismo.

    Ante esta dificultad, el quehacer filosófico se orienta hacia la búsqueda de aquellas preguntas capaces de comprender el mundo, al hombre y a Dios, los tres grandes vértices sobre los que se ha construido buena parte de la reflexión humana. Por eso, el centro de la filosofía no reside tanto en ofrecer respuestas definitivas como en formular las preguntas estructurantes que nos aproximan a la pregunta fundamental: ¿qué es el ser?

    Esta característica fue advertida por Kant desde el comienzo de la Crítica de la razón pura, cuando afirma que la razón humana posee una inclinación natural e inevitable a formular preguntas que ella misma no puede responder. Esa incapacidad no elimina la necesidad de plantearlas; por el contrario, revela una dimensión constitutiva de la condición humana.

    En síntesis, la filosofía no puede ofrecer una respuesta definitiva a la crisis del sentido, pero sí puede abrir un diálogo con quienes, a lo largo de la historia, intentaron responder a esas mismas preguntas. En ese recorrido no encontramos respuestas cerradas, sino herramientas para construir las propias.

    Esta es la primera entrega de la serie sobre el vacío existencial

    Hacemos una introduccion a este cruce imaginario entre Kierkegaard y Nietzsche, explorando el diagnostico sobre la perdida del sentido.

    ¿Qué se viene? En la próxima entrega continuaremos este diálogo imaginario entre ambos pensadores. Luego, abriremos nuevos debates enfrentando a otros grandes autores para demostrar algo fundamental: la existencia no tiene respuestas algoritmizadas.

    Seguí a El Buzón Ágora para acompañar la serie Suscribite acá

    Para Profundizar: Fuentes y lecturas sugeridas

    • Kierkegaard, Lo uno o lo otro. (Ver)
    • Nietzsche, Ecce Homo. (Ver)
    • Nietzsche, La gaya ciencia. (Ver)
    • Jaspers, Filosofía De La Existencia. (Ver)
    • Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio. (Ver)

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *